AMALIA TOMA
La jardinera
LAS SEMILLAS
Nací en Rumanía el 28 de octubre de 1990.
Con nueve años nos mudamos a España. Con diez, a Valencia. Y en el trayecto — dos días de coche cruzando Europa — me pasé el viaje con la cara pegada a la ventana, intentando no perderme nada.
Había tristeza, sí. Dejaba atrás a mis abuelos, mi casa, mi mundo. Pero había algo más fuerte que la tristeza — una curiosidad enorme por todo lo que había al otro lado del cristal. Países que no conocía, paisajes que cambiaban, lenguas que no entendía. Todo me parecía fascinante.
Creo que ahí nació todo. En esa ventana.
Desde entonces he sido así — alguien que necesita explorar, descubrir, entender cómo funciona el mundo desde dentro. No solo los lugares. También las personas, las culturas, las ideas, las formas de vivir. Soy multipasional por naturaleza y me cuesta elegir una sola cosa cuando el mundo tiene tantas.
Lo que no sabía entonces es que esa curiosidad, esa necesidad de explorar y de entender, acabaría siendo el corazón de mi trabajo.
Buscando la tierra adecuada
En 2011 me fui a Granada a estudiar Antropología Social y Cultural.
La elegí porque me fascinó desde el momento que la descubrí porque es una disciplina que estudia todo. La política, las religiones, el género, el arte, la economía, los símbolos. Una forma de mirar el mundo que te cambia para siempre. Y aunque en tercero lo dejé — sin beca no podía costearme seguir viviendo allí, y tampoco quería dedicarme al mundo académico que era prácticamente la única salida que veía — hoy sé que la antropología está en todo lo que hago. En cómo entiendo a las personas. En cómo trabajo la identidad de marca. En cómo veo el comportamiento humano detrás de cada decisión de negocio.
Volver a Valencia fue duro. La vida que tenía en Granada me encantaba. Dejé una carrera a medias, volví a casa de mis padres y tardé un tiempo en encontrar mi lugar.
Esa sensación de buscar sin encontrar del todo — de saber que hay algo tuyo pero no saber exactamente qué es ni dónde está — la conozco bien. Y es exactamente lo que veo en muchas de las mujeres que llegan al Invernadero.
ECHANDO RAÍCES
Empecé a trabajar en hostelería. No era lo mío para nada, pero allí conocí al amor de mi vida. A mi marido. Así que estaré eternamente agradecida a ese cambio de guion porque le tengo a él.
Mientras tanto, empecé el grado de Comunicación en la UOC — la publicidad y el marketing me habían llamado la atención desde el bachillerato, y era el momento de ir hacia allí. Aunque lo pausé a mitad de carrera por distintos motivos, ese grado me encaminó definitivamente hacia el marketing y me abrió una puerta que ya no se volvió a cerrar.
Cuando llegó la pandemia lo tuve claro. No iba a volver a la hostelería e iba a hacer cualquier cosa para ello. Me metí en el mundo del Community Manager — sabía que no era el destino final, sino la puerta de entrada al mundo del marketing y el emprendimiento y así fue. Trabajé con marcas y proyectos muy interesantes como por ejemplo D'Arte Human & Business School donde fui Social Media Manager. Y en Yoga Sin Fronteras donde estuve tres años, empecé como Community Manager y acabé siendo su Responsable de Comunicación y Marketing.
Fue allí donde más crecí. Aprendí muchísimo, me desarrollé como profesional y como persona, y durante esos años estudié marca personal, coaching, inteligencia emocional, meditación, arquetipos de marca. Llegué a la marca personal de forma bastante natural y desde el principio me fascinó porque encajaba con todo lo que me importaba — el propósito, la autoexpresión, la necesidad de crear algo propio para construir una vida que tenga sentido de verdad.
Fue una etapa de ayudar a sembrar proyectos ajenos, pero también de sembrarme a mi misma.
LA PODA
En febrero de 2026 dejé Yoga Sin Fronteras.
Llegó un punto en que mi trabajo se había vuelto demasiado monótono. Sentía que le faltaba algo — a mi marca, a mi comunicación, a lo que hacía. Que había algo más grande esperando que yo le diera espacio.
En botánica, la poda es un acto de cuidado; cortar lo que ya no sirve para que la planta pueda crecer con más fuerza en la dirección correcta.
Eso fue para mí dejar Yoga Sin Fronteras. Una poda triste, porque adoro a las personas que forman ese proyecto, pero muy necesaria. Y como toda buena poda, de ahí creció algo nuevo.
EL INVERNADERO
Meses de trabajo, de preguntas, de exploración. De preguntarme qué quería crear, cómo quería que fuera, qué encajaba con mi forma de ver el mundo.
Y de todo ese proceso nació El Invernadero de Marcas.
Un espacio donde la marca personal no sea solo estrategia sino identidad. Donde trabajamos de dentro a fuera. Donde lo salvaje tenga permiso para crecer. Donde las mujeres que lleguen puedan construir algo genuinamente suyo, no una copia de lo que ya existe, no una versión domesticada de sí mismas diseñada para gustar.
El Invernadero nació de todo lo que he aprendido y explorado. De la antropóloga que llevo dentro. De la comunicadora. De la que gestionó marcas durante años.
Y también — esto es lo más importante — nació de la niña que llegó a España sin hablar el idioma y aprendió muy pronto que destacar podía ser algo que implicara sentir vergüenza, incomodidad y miedo. Que se pasó años intentando no llamar la atención aunque en el fondo siempre quiso ser diferente.
La jardinera
Muchas veces pienso que me dedico a esto justamente porque para mi niña interior ser ella misma y mostrarlo era importante, pero no lo hizo.
Y ahora quiero que tanto yo como las mujeres que acompaño se permitan ser ellas mismas. Mostrarse aunque dé vértigo. Construir marcas que las representen de verdad.
Toda mi vida ha sido una búsqueda constante de quién soy, de cómo me muestro, de a qué quiero dedicarme. Sigo sin tener todas las respuestas y creo que nunca las tendré del todo. Pero ya no siento tanta ansiedad por eso. Disfruto del viaje. Juego, experimento, me permito cambiar y fluir cuando hace falta. Me permito ser contradictoria si eso me permite ser yo misma y autoexpresarme.
Autoexpresión. Una palabra que podría definir toda mi vida. Y también la razón por la que existe El Invernadero.
Hay algo maravilloso en el proceso de permitir que nuestro exterior muestre parte de nuestro jardín interior. Cuando dejamos de sentirnos domesticadas y nos permitimos ser más salvajes.
Bienvenida al Invernadero.
